El día de ayer, al terminar un examen ordinario de la materia "Business Culture" un par de alumnas que no tenían derecho a dicho examen se acercaron a mi insistiendo que les dejara presentar el examen bajo los siguientes argumentos: Que no era "justo" que ellas no pudieran presentar el examen, que yo era "malo" al no dejarlas presentarlo, que ellas "merecían" y otros no, etcétera. Ante estos argumentos, le expuse a ambas las razones por las cuales no podían presentar el examen:
1. Tenían 60% y 40% de asistencia durante el curso respectivamente, el reglamento dicta que deben tener el 80% de la asistencia para poder presentar el examen ordinario y 50% el extraordinario.
2. El desempeño mostrado por ambas durante el desarrollo del curso no fue el adecuado, por ello su calificación fue baja, y cuando yo les pedía participar no lo hacían y siempre respondían: NO SÉ.
3. Yo no hago más que dar el curso, hacer cumplir las reglas y asentar una calificación acorde al desempeño individual, por lo cual no depende de mi el que ellas no hayan rendido lo suficiente. Más cuando a una de ellas le pedí una tarea adicional por su bajo desempeño y no cumplió.
Entre otras cosas más que no viene al caso mencionar.
Todo esto me lleva a reflexionar lo siguiente:
El ser profesor tiene una tremenda carga emotiva para mí. Yo siento que independiente de lo que puedan pensar los medios, la gente, el mundo, la tarea que uno tiene por delante siendo profesor es tan grande. Y yo miro a los jóvenes y pienso que uno como docente, podría marcar o dañar a un joven de por vida con tus actitudes o tus formas de actuar, o a veces con tus palabras. Por lo tanto, para mí el ser profesor es una cuestión muy delicada... Yo no quiero decir que somos poco menos que apóstoles, pero siento la carga emotiva y la responsabilidad que tiene para mí tener en mis manos el futuro de estos muchachos.
Yo, como parte de la sociedad misma, creo y considero que necesitamos confiar en nuestros profesores, respetarlos y entregarles las herramientas, las condiciones y también las exigencias y desafíos profesionales que les permitan ser los protagonistas del propósito común de mejorar nuestra educación poniendo el foco en nuestros niños, niñas y jóvenes. Aún estamos lejos de aquello.
Necesitamos entender, desde los mismos docentes, cómo se están viviendo las nuevas realidades sociales y culturales, y la enorme complejidad que hoy significa el ejercicio de la profesión educadora. No es posible que, como país, no sepamos reconocer, tanto los cambios en las nuevas generaciones de niños y jóvenes, como el enorme impacto que posee el ingreso de todos los sectores sociales a la institución escolar. Ambas vertientes afectan de manera relevante a los sujetos protagonistas de los procesos educativos de todos los días y nos invitan a revisar para qué educamos hoy y sobre todo el cómo lo hacemos.
A nuestros maestros y maestras les exigimos mucho y lo hacemos de una manera que no se condice con lo que les damos, con las herramientas que la sociedad les entrega y con la situación concreta que enfrentan en la mayoría de los casos. Si se escuchara la voz docente desde todos sus ángulos podríamos decir sin ambigüedad que: les pagamos mal, les damos malas condiciones de formación y de trabajo y los maltratamos constantemente y muchas veces de manera pública y a partir de generalizaciones odiosas e injustas les echamos la culpa de todo.
El problema es que ese estado de cosas hace inviable cualquier pretensión o discurso por mayor equidad y calidad en la educación. No podemos seguir diciendo cómodamente que son "héroes". No en esas condiciones. Si los niños, niñas y jóvenes, deben ser el corazón y foco prioritario de cualquier sistema educacional, los educadores son y seguirán siendo la llave maestra de aquellos. Y frente a esas constataciones no estamos actuando de manera consistente.
Ese es el tema de fondo. Ese es el vuelco urgente que tenemos que dar. En caso contrario, no habrá revitalización de la educación pública. Estamos cansados de escuchar hablar acerca de favorecer a la educación pública a personas que, en los hechos, no creen en la educación pública, aquella que es provista por el Estado, la que construye ciudadanía y vivencia los valores republicanos y que no responde a intereses particulares o de grupos, por respetables que ellos sean.
Necesitamos atacar de raíz esta nociva moda de "culpabilización" a los docentes, este señalarlos como los "villanos" de una historia que es finalmente responsabilidad de todos y todas.
Por ello, considero desde mi punto de vista muy particular, que necesitamos ser y contar con profesores y profesoras que fomenten en sus alumnos la autonomía y el pensamiento propio, la felicidad, el espíritu crítico, el respeto y la valoración de los otros, la convivencia armónica en la naturaleza y el medio social. Capaces de trabajar en equipo y de investigar e innovar sobre sus propias prácticas, en estrecha relación con las comunidades escolares y sus profesores, que no se conformen con recetas ni con discursos producidos por otros, siendo a la vez capaces de enriquecerlos con investigaciones que emerjan desde las mismas aulas y en que participen los profesores de esas aulas. Con un compromiso ético acorde a la responsabilidad de la que son depositarios.
Necesitamos hacernos cargo de los devastadores efectos de la pérdida de sentido del quehacer formativo y del amor por la enseñanza y por el desarrollo integral de nuestros niños, niñas y jóvenes. Al final queda la pregunta al aire: ¿Héroes o villanos? Usted tiene la respuesta.
Tal como dicta el lema de mi Alma Mater: "Estudio en la duda, acción en la fe".
Gracias y hasta la próxima.


