jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Héroes o villanos? La profesión docente en México.


El día de ayer, al terminar un examen ordinario de la materia "Business Culture" un par de alumnas que no tenían derecho a dicho examen se acercaron a mi insistiendo que les dejara presentar el examen bajo los siguientes argumentos: Que no era "justo" que ellas no pudieran presentar el examen, que yo era "malo" al no dejarlas presentarlo, que ellas "merecían" y otros no, etcétera. Ante estos argumentos, le expuse a ambas las razones por las cuales no podían presentar el examen:

1. Tenían 60% y 40% de asistencia durante el curso respectivamente, el reglamento dicta que deben tener el 80% de la asistencia para poder presentar el examen ordinario y 50% el extraordinario.

2. El desempeño mostrado por ambas durante el desarrollo del curso no fue el adecuado, por ello su calificación fue baja, y cuando yo les pedía participar no lo hacían y siempre respondían: NO SÉ.

3. Yo no hago más que dar el curso, hacer cumplir las reglas y asentar una calificación acorde al desempeño individual, por lo cual no depende de mi el que ellas no hayan rendido lo suficiente. Más cuando a una de ellas le pedí una tarea adicional por su bajo desempeño y no cumplió.

Entre otras cosas más que no viene al caso mencionar. 

Todo esto me lleva a reflexionar lo siguiente: 

El ser profesor tiene una tremenda carga emotiva para mí. Yo siento que independiente de lo que puedan pensar los medios, la gente, el mundo, la tarea que uno tiene por delante siendo profesor es tan grande. Y yo miro a los jóvenes y pienso que uno como docente, podría marcar o dañar a un joven de por vida con tus actitudes o tus formas de actuar, o a veces con tus palabras. Por lo tanto, para mí el ser profesor es una cuestión muy delicada... Yo no quiero decir que somos poco menos que apóstoles, pero siento la carga emotiva y la responsabilidad que tiene para mí tener en mis manos el futuro de estos muchachos. 

Yo, como parte de la sociedad misma, creo y considero que necesitamos confiar en nuestros profesores, respetarlos y entregarles las herramientas, las condiciones y también las exigencias y desafíos profesionales que les permitan ser los protagonistas del propósito común de mejorar nuestra educación poniendo el foco en nuestros niños, niñas y jóvenes. Aún estamos lejos de aquello.

Necesitamos entender, desde los mismos docentes, cómo se están viviendo las nuevas realidades sociales y culturales, y la enorme complejidad que hoy significa el ejercicio de la profesión educadora. No es posible que, como país, no sepamos reconocer, tanto los cambios en las nuevas generaciones de niños y jóvenes, como el enorme impacto que posee el ingreso de todos los sectores sociales a la institución escolar. Ambas vertientes afectan de manera relevante a los sujetos protagonistas de los procesos educativos de todos los días y nos invitan a revisar para qué educamos hoy y sobre todo el cómo lo hacemos.

A nuestros maestros y maestras les exigimos mucho y lo hacemos de una manera que no se condice con lo que les damos, con las herramientas que la sociedad les entrega y con la situación concreta que enfrentan en la mayoría de los casos. Si se escuchara la voz docente desde todos sus ángulos podríamos decir sin ambigüedad que: les pagamos mal, les damos malas condiciones de formación y de trabajo y los maltratamos constantemente y muchas veces de manera pública y a partir de generalizaciones odiosas e injustas les echamos la culpa de todo.

El problema es que ese estado de cosas hace inviable cualquier pretensión o discurso por mayor equidad y calidad en la educación. No podemos seguir diciendo cómodamente que son "héroes". No en esas condiciones. Si los niños, niñas y jóvenes, deben ser el corazón y foco prioritario de cualquier sistema educacional, los educadores son y seguirán siendo la llave maestra de aquellos. Y frente a esas constataciones no estamos actuando de manera consistente.

Ese es el tema de fondo. Ese es el vuelco urgente que tenemos que dar. En caso contrario, no habrá revitalización de la educación pública. Estamos cansados de escuchar hablar acerca de favorecer a la educación pública a personas que, en los hechos, no creen en la educación pública, aquella que es provista por el Estado, la que construye ciudadanía y vivencia los valores republicanos y que no responde a intereses particulares o de grupos, por respetables que ellos sean.

Necesitamos atacar de raíz esta nociva moda de "culpabilización" a los docentes, este señalarlos como los "villanos" de una historia que es finalmente responsabilidad de todos y todas. 

Por ello, considero desde mi punto de vista muy particular, que necesitamos ser y contar con profesores y profesoras que fomenten en sus alumnos la autonomía y el pensamiento propio, la felicidad, el espíritu crítico, el respeto y la valoración de los otros, la convivencia armónica en la naturaleza y el medio social. Capaces de trabajar en equipo y de investigar e innovar sobre sus propias prácticas, en estrecha relación con las comunidades escolares y sus profesores, que no se conformen con recetas ni con discursos producidos por otros, siendo a la vez capaces de enriquecerlos con investigaciones que emerjan desde las mismas aulas y en que participen los profesores de esas aulas. Con un compromiso ético acorde a la responsabilidad de la que son depositarios. 

Necesitamos hacernos cargo de los devastadores efectos de la pérdida de sentido del quehacer formativo y del amor por la enseñanza y por el desarrollo integral de nuestros niños, niñas y jóvenes. Al final queda la pregunta al aire: ¿Héroes o villanos? Usted tiene la respuesta. 

Tal como dicta el lema de mi Alma Mater: "Estudio en la duda, acción en la fe".

Gracias y hasta la próxima.

El poder del acento: ¿Cuando acentuar las monosílabas?

Justo el día de hoy leía una publicación sobre la importancia de los acentos en las palabras, y poco después vi una publicación más dónde se acentuaban palabras que en realidad no deberían ir acentuadas, por lo cual hice mi aportación a dicha publicación hecha por un ex-alumno de Marketing; El cual solo le dio me gusta, y borró mis comentarios, cosa que me pareció un gesto rudo pues lo hice con la intención no de ofenderle sino de continuar con mi labor de maestro y corregirlo ante un evidente error. 
A continuación presento un artículo publicado en el 2013 por CARMIN QUIJANO, la cual habla de la importancia de usar o no los acentos:
Estas pequeñas e inofensivas palabritas pueden convertirse en un gran dolor de cabeza para muchos. ¿Cuándo se acentúan y cuándo no? Esa es la pregunta que nos hacemos a la hora de escribirlas. Si al igual que muchos todavía tienes dudas, no te preocupes. Hoy te explicaré cuándo debes ponerles el acento y cuándo no a las palabras “tu”, “el”, “mi”, “te”, “de” y “se”.
Por regla general, las monosílabas ―palabras que tienen solo una sílaba— no se acentúan, ya que se sobreentiende que la fuerza de pronunciación recae en esa sola sílaba. Por esta razón, palabras como “guion”, “truhan” e “ion” ―que son monosílabas porque forman diptongos— no se acentúan y así lo establece la nueva Ortografía de la lengua española (2010).
Ahora bien, existe un grupo de palabras monosílabas que se acentúan simplemente para distinguirlas de otras palabras de igual forma, pero distinto significado. Estas son “tu”, “el”, “mi”, “te”, “de” y “se”. En estos casos, el acento o tilde que se les coloque a cualquiera de estas palabras no marca la fuerza de pronunciación, sino que indica que esa palabra acentuada pertenece a una categoría gramatical distinta a su par idéntico no acentuado.
Tomemos como ejemplo el par “tu” y “tú”. Cuando “tú” está acentuada, es un pronombre personal —“Tú no digas nada”―; mientras que cuando “tu” no lo está, es un posesivo —“¿Dónde está tu casa?—. En otras palabras, cuando la palabra “tú” está acentuada, tiene un valor o significado diferente de cuando no lo está.
Para saber cuándo colocarle el acento a una monosílaba, debes conocer primero las distintas funciones o significados de la palabra. El acento se colocará dependiendo de estos significados. Empecemos por “el”. Cuando “el” cumple la función de artículo, no lleva acento ―“El cartero ya llegó”—. En cambio, cuando cumple la función de pronombre personal, sí lo lleva ―“Él lo ha visto todo”—.
Ocurre algo similar con la monosílaba “mi”. Cuando esta es un pronombre personal, se acentúa ―“Hazlo por mí”—; pero cuando es un posesivo, no se acentúa ―“Olvidé mi sombrero”—.
Determinar cuándo acentuar “te” es mucho más fácil. Cuando la palabra “te” se refiere a la bebida hecha a base de hierbas, siempre se acentúa ―“Esta mañana desayuné unas tostadas con té”—. No obstante, si “te” cumple la función de pronombre, no lleva la tilde ―“Ayer no te vi en la reunión”—.
De igual forma, acentuar la palabra “de” es bastante sencillo. Si “de” es una forma del verbo “dar”, lleva el acento ―“Dé un vaso de agua a ese pobre muchacho”—. Pero si “de” funciona como preposición, no lo lleva —“Vienen de lejanos países”―.
Por último, la monosílaba “se” se acentúa solo cuando es una forma del verbo “ser” o “saber” ―“Sé más discreto”, “Ya sé que ha pasado”—. En cambio, cuando es un pronombre, no se acentúa ―“Solo se han visto una vez”—.
Me parece importante aclarar que “ti” nunca lleva acento. Muchas personas se confunden y piensan que, como “mí” se acentúa, el pronombre “ti” también debe acentuarse. Pero no es así. En este caso, como “ti” no tiene otro par idéntico con distinto significado, no es necesario ni está justificado ponerle la tilde.
Espero que esta información haya aclarado muchas de tus dudas. Recuerda que las palabras monosílabas no se acentúan, excepto “tu”, “el”, “mi”, “te”, “de” y “se”, que deben diferenciarse de sus pares idénticos con distinto significado colocándoles una tilde. Así que la próxima vez que escribas cualquiera de estas palabras, espero que, en vez de dolor de cabeza, te sientas tranquilo y confiado en que las sabes acentuar correctamente.
-------- fin del artículo. --------
Espero haya sido de su agrado.
Hasta la próxima. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Misión Imposible, cuando pudo ser posible...

Este es mi primer blog, por ello, esta es la primer entrada que realizo, me gustaría hablar de algo que sucede semestre tras semestre en la universidad dónde trabajo y de seguro en muchas otras instituciones de educación del país.

Semestre con semestre, al finalizar el tercer parcial empieza el viacrucis para todos aquellos que de una u otra forma quieren "Salvar" el semestre...

¿A que me refiero con "Salvar"? pues que cuando tuvieron todo el ciclo para cumplir con sus actividades y acreditar cada uno de los parciales, lo dedicaron a: pasear, relajear, flojear, etcétera, pero bueno, cada uno es arquitecto de su propio destino.

Lo que suena risible, es que muchos se la pasan correteando a los profesores, rogando, inventando historias muchas tan increíbles que serían dignos guiones cinematográficos y estos muchachos en vez de estudiar una licenciatura en administración o mercadotecnia serían excelentes actores histriónicos...

Pero bien, es triste saber que a pesar de que pasan por este pesar cada ciclo, no terminan por aprender de sus errores, y aunque muchos de ellos juran y perjuran mejorar el año próximo, pues resulta que todo se queda ahí, en una mera y simple promesa. Sabemos bien que el beneficio es para ellos y nadie más pero ni así lo captan, ni así hacen algo para que esto cambie, ¿dónde queda ese poquito de dignidad que deberían tener?.

Hay muchos que incluso jamás viste por tu salón en todo el semestre y se presentan rogándote una oportunidad para el ordinario o de "perdis" para el "extra" cuando ni siquiera alcanzar a obtener ese beneficio por las faltas. Cuando los veías por la cafetería, en los pasillos, o peor aún, en sus redes sociales posteando fotos de sus congresos y viajes, y aún así tienen el valor de presentarse y rogar...

Aquí es cuando nos debemos poner a reflexionar y hacernos la pregunta; ¿Que está pasando? Ante una respuesta nula, no queda más que respirar profundo, relajarse y decir: ¡Venga! pues esto es de todos los años.

Saludos mis queridos lectores.